Mostrando entradas con la etiqueta portugal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta portugal. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de enero de 2010

Comer, beber y amar en Portugal

Es cruzar la frontera, retrasar el reloj una hora, y adentrarse en un ritmo más lento, más silencioso...

Poco a poco, a través de sinuosas carreteras secundarias, atravesamos montes y valles y llegamos a la costa para experimentar el primer colocón de felicidad gastronómica al zamparnos una fantástica cataplana de marisco con vinho branco espumoso en A tasca do Confrade en Aveiro (una ciudad costera llena de canales y casitas de colores) rematada con unos cafés en la Praça do mercado de peixe.

Pasamos por la Coimbra de las togas universitarias y una Nazaré asi fagocitada por la especulación y desembarcamos en Batalha, encerrándonos 24 horas -con comida y botellas de champán- en una habitación con vistas al monasterio de Santa María de la Victoria, que visitamos al día siguiente: una iglesia gótica. Gigante. Desnuda. Blanca. Silenciosa. Transformada inusitadamente por los rayos de sol, que se cuelan por las vidrieras y explotan en
fucsias
amarillos
verdes
naranjas...
mientras el órgano resuena contra las paredes
y desde las capillas inacabadas se ve el cielo.

No volví a sentir lo mismo en el monasterio de Alcobaça ni en el Convento de Cristo de Tomar.

El segundo festín (tras ayunar un día para intentar tener hambre) llegó en Peniche, en el restaurante Estelas, donde saboreamos una langosta a la plancha y prometimos volver -llamando un día antes para encargarla- la especialidad de la casa, la langosta sudada.

Callejeamos por Sintra pero queríamos playa y nos dimos un rulo entre acantilados desde Praia Aguda y Magoito para acabar en un chiringuito con cervejas heladas y ameijoa a bulhao pato (con vino blanco y perejil) antes de dormir en Cascais y al día siguiente pasear entre las niñas juguetonas, desproporcionadas, lascivas y zoófilas de Paula Rego en su Casa das Historias.

No podían faltar unos días de subebajasubebajasubebaja lisboeta, asomados esta vez desde el bonito barrio de Graça, donde está micasaenlisboa, que tiene en María a una fantástica guía (y prepara los mejores desayunos de la ciudad).

Y rematamos con tres día de playa en bolas en uno de los pocos sitios donde el nudismo está autorizado oficialmente en el país: en la fantástica Praia do Meco, al sur de Lisboa. Felicidad absoluta... Hasta me haría jipi profesional si me pudiese pasar largas temporadas aquí.


(Que lejos queda ahora desde este Madrid lluvioso en el que no sale nunca el sol.)

Jipi profesional

Mierda.

No doy la talla como jipi profesional (el cabrón del pirata dice que ya lo sabía, que soy una princesa).

No soy capaz de dormir en una fragoneta lata de carga -con las ventanas tapiadas- donde no entra la luz del sol. Además, el colchón hinchable se hunde. Hay gente fuera que no se calla. Y el pirata ronca. Le despierto sin compasión de un codazo, pero se da la vuelta y vuelve a roncar. Miro el reloj por enésima vez, pero sólo son las cuatro. Aún no ha amanecido, me estoy meando y no puedo salir porque hemos aparcado en la plaza de botellón de Viseu. Intento leer. Vuelvo a mirar el reloj. Han pasado sólo cinco minutos pero no se oye nadie. Salgo y meo a lo perro. Vuelvo a entrar. Me acoplo a lo cuchara e intento dormir. Me giro, se gira. Intento dormir. Se gira, me giro. Cuento ovejitas. Pienso en los ejercicios de relajación de yoga. No way.

Sólo me tranquiliza pensar que cuando finalmente amanezca abriran las pastelairas, llenas de cafe com leite y bolos deliciosos.