Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poesía. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de junio de 2015

Sylvia Plath

Persecución
Una pantera macho me ronda, me persigue:
un día de estos me matará.
Su avidez ha encendido los bosques,
Su incesante merodeo es más altivo que el sol.
Más suave, más delicado se desliza su paso,
Avanzando, avanzando siempre a mis espaldas.
Desde la esquelética cicuta, los grajos graznan estrago:
La caza ha comenzado; la trampa, funcionado.
Arañada por las espinas, ojerosa y exhausta,
Atravieso penosamente las rocas, el blanco y ardiente
Mediodía. En la roja red de sus venas, ¿qué clase de sed despierta?
La pantera, insaciable, escudriña la tierra
Condenada por nuestro ancestral delito,
Gimiendo: sangre, dejad que corra la sangre.
La carne ha de saciar la herida abierta de su boca.
Afilados, los desgarradores dientes; suave
La quemante furia de su pelaje; sus besos agostan,
Dan sed; cada una de sus zarpas es una zarza;
El hado funesto consuma ese apetito.
En la estela de este felino feroz,
Ardiendo como antorchas para su dicha,
Carbonizadas y destrozadas, yacen las mujeres,
Convertidas en la carnaza de su cuerpo voraz.
(...)
Yo le arrojo mi corazón para detener su avance,
Para apagar su sed malgasto mu sangre, porque
Él lo devora todo y, en su ansia, continúa buscando comida,
Exigiendo un sacrificio absoluto. Su voz
Me acecha, me embruja, me induce al trance,
El bosque destripado se derrumba hecho cenizas;
Aterrada por un anhelo secreto, esquivo
Corriendo el asalto de su radiación.
Tras entrar en la torre de mis temores,
Cierro las puertas a esa oscura culpa,
Las atranco, una tras otra las atranco,
Mi pulso se acelera, la sangre retumba en mis oídos:
Las pisadas de la pantera lamen los peldaños,
Subiendo, subiendo las escaleras.
Sylvia Plath, 1956.


domingo, 26 de enero de 2014

Gelman: pájaro, flor, violín

Un pájaro vivía en mí./ Una flor viajaba en mi sangre. Mi corazón era un violín. / Quise o no quise. Pero a veces/ me quisieron. También a mí/ me alegraban: la primavera,/ las manos juntas, lo feliz./ ¡Digo que el hombre debe serlo!/ (Aquí yace un pájaro./ Una flor./ Un violín!)
Epitafio (1985). Juan Gelman.

Cuando pienso en Madrid y Barcelona (no en las ciudades, sino en los seres amados que las habitan y a los que vuelvo una esperada vez al año), me asalta este poema: 

Ausencia de amor
Cómo será pregunto.
Cómo será tocarte a mi costado.
Ando de loco por el aire
que ando que no ando.
Cómo será acostarme
en tu país de pechos tan lejano.
Ando de pobre cristo a tu recuerdo
clavado, reclavado.


Será ya como sea.
Tal vez me estalle el cuerpo todo lo que he esperado.
Me comerás entonces dulcemente
pedazo por pedazo.


Seré lo que debiera. 
Tu pie. Tu mano.
 
Gelman resucita fugazmente con cada verso releído. Reviven también su honestidad y compromiso ante los que no dudan en querer decidir sobre nuestros úteros, nuestros cuerpos, nuestras mentes y en hacer desaparecer (hasta 30.000 personas en sólo siete años) a quien les resulta incómodo.


María la sirvienta

Se llamaba María todo el tiempo de sus 17 años,
era capaz de tener alma y sonreír con pajaritos,
pero lo importante fue que en la valija le encontraron
un niño muerto de tres días envuelto en diarios de la casa.


Qué manera era esa de pecar de pecar,
decían las señoras acostumbradas a la discreción
y en señal de horror levantaban las cejas
con un breve vuelo no desprovisto de encanto.


Los señores meditaron rápidamente sobre los peligros
de la prostitución o de la falta de prostitución,
rememoraban sus hazañas con chiruzas diversas
y decían severos: desde luego querida.


En la comisaría fueron decentes con ella,
sólo la manosearon de sargento para arriba,
pero María se ocupaba de soñar,
los pajaritos se le despintaron bajo la lluvia de lágrimas.


Había mucha gente desagradada con María
por su manera de empaquetar los resultados del amor
y opinaban que la cárcel le devolvería la decencia
o por lo menos francamente la haría menos bruta.


Aquella noche las señoras y señores se perfumaban
con ardor
pero el niño que decía la verdad,
por el niño que era puro,
por el que era tierno,
por el bueno, en fin,
por todos los niños muertos que cargaban en las valijas
del alma
y empezaron a heder súbitamente
mientras la gran ciudad cerraba sus ventanas.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Zurita, por Zurita

Como en un sueño, cuando todo estaba perdido
Zurita me dijo que iba a amainar
porque en lo más profundo de la noche
había visto una estrella. Entonces
acurrucado contra el fondo de tablas del bote
me pareció que la luz nuevamente
iluminaba mis apagados ojos.
Eso bastó.
(...)
Raúl Zurita, poeta chileno.

Fellatio, de Raúl Zurita

¡Al que se mueva le aceito el culo a bayonetazos!
La puta que los parió…
La arenisca del suelo se me enterraba en la boca
y se escuchaban voces por los altoparlantes.
De pronto tocaron la canción nacional.
Esta es la canción nacional de Chile no de Cuba mierdas, gritó, mientras
me levantaba a patadas.
El viento me dio en la cara y vi a los otros.
La bandera se iba elevando al frente. Pensé: sólo
es un trapo, pero no era un buen momento para discutirlo.
Canté la canción nacional y quise que no acabara nunca.
Cuando terminó nos taparon la cara con nuestros propios sacos y nos
hicieron correr entre dos filas
de soldados.
Mientras caía se me desprendió el saco y vi el último culatazo.
La punta de la culata me rompió los dientes y penetró en mi boca.
La vi mientras se venía y luego el resplandor del golpe.
Mi amiga se la chupaba a un amigo y fue duro.
Amargas fellatio las del amanecer.
Raúl Zurita, poeta chileno.

Mi amor se ha quedado pegado a las rocas al mar y a las montañas


"Todo mi amor está aquí y se ha quedado pegado a las rocas al mar y a las montañas", se lee en el Memorial del detenido desaparecido y el ejecutado político en Santiago de Chile, erigido en memoria de las víctimas de la dictadura militar de Augusto Pinochet entre 1973 y 1990.

La frase fue escrita por el enorme poeta chileno Raúl Zurita, a quien anoche tuve la suerte de escuchar recitando este y otros poemas:

(...)
Ay amor, quebrados caímos y en la caída
lloré mirándote. Fue golpe tras golpe, pero
los últimos ya no eran necesarios.
Apenas un poco nos arrastramos entre los
cuerpos derrumbados para quedar juntos,
para quedar uno al lado del otro. No es duro
ni la soledad. Nada ha sucedido y mi sueño
se levanta y cae como siempre. Como
los días. Como la noche. Todo mi amor está aquí
y se ha quedado:
- Pegado a las rocas al mar y a las montañas.
- Pegado, pegado a las rocas al mar y a las montañas.
- Recorrí muchas partes.
- Mis amigos sollozaban dentro de los viejos galpones de concreto.
- Los muchachos aullaban
- Vamos, hemos llegado donde nos decían -le grité a mi lindo chico.
- Goteando de la cara me acompañaban los Sres.
- Pero a nadie encontré para decirles 'buenos días', sólo unos brujos
- con máuser ordenándome una bien sangrienta.
- Yo dije -están locos, ellos dijeron - no lo creas.
- Sólo las cruces se veían y los dos viejos galpones cubiertos de algo.
- De un bayonetazo me cercenaron el hombro y sentí mi brazo al caer
- al pasto.
- Y luego con él golpearon a mis amigos.
- Siguieron y siguieron, pero cuando les empezaron a dar a mis
- padres corrí al urinario a vomitar.
- Inmensas praderas se formaban en cada una de las arcadas, las
- nubes rompiendo el cielo y los cerros acercándose.
- Cómo te llamas y qué haces me preguntaron.
- Mira tiene un buen culo. Cómo te llamas buen culo bastarda chica,
- me preguntaron.
- Pero mi amor ha quedado pegado en las rocas, el mar y las montañas.
- Pero mi amor, te digo, ha quedado adherido en las rocas, el mar y las montañas.
- Ellas no conocen los malditos galpones de concreto.
- Ellas son. Yo vengo con mis amigos sollozando.
- Yo vengo llorando. Fumo y pongo con los chicos.
- Es bueno para ver colores.
- Pero nos están cavando frente a las puertas.
- Pero todo será nuevo, te digo, oh sí lindo chico.
- Claro- dijo el guardia, hay que arrancar el cáncer de raíz,
- oh sí, oh sí.
- El hombro cortado me sangraba y era olor raro la sangre.
- Dando vueltas se ven los dos enormes galpones.
- Marcas de T.N.T., guardias y gruesas alambradas cubren sus vidrios
- rotos.
- Pero a nosotros nunca nos hallarán porque nuestro amor está pegado
- a las rocas al mar y a las montañas.
- Pegado, pegado a las rocas al mar y a las montañas.
- Pegado, pegado a las rocas, al mar y a las montañas.
- Murió mi chica, murió mi chico, desaparecieron todos.
                      Desiertos de amor
(...)