El omnipresente silencio tokiota
se rompe en las infernales salas de pachinko,
donde centenares de máquinas expulsan a la vez millones de canicas metálicas con las que llenan cestas y más cestas y más más cestas de plástico, que se amontonan alrededor de los jugadores para construir
paredes
murallas
castillos
rascacielos.
Ciudades enteras creadas con canicas a ritmo satánico.
Ahora sí, nos vamos a Londres
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Hace 4 semanas

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