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jueves, 26 de septiembre de 2013

Cara

En días de mierda como hoy,
en los que lágrimas mojan mis mejillas plop plop plop plop plop plop plop mi mano zurda plop plop plop plop mi muslo plop plop antes de desaparecer en el asiento acolchado del vagón de subte,
me alegro alegro alegro
de que mi llanto pueda pasar desapercibido entre personas que viajan pegadas a mi cuerpo, pero tan ajenas a él.

miércoles, 24 de junio de 2009

Violación marital

El protagonista de La piedra de la paciencia es un yihadista afgano que se ha quedado en coma. Su mujer le cuida y, por primera vez desde que están casados, puede hablarle sin que él la expulse de la estancia o la interrumpa.

“Cuando estuvimos juntos por primera vez en la cama, esa noche, yo tenía la regla. No te había dicho nada, y creías que esa sangre era la señal de mi virginidad. AL ver la sangre estabas contento, orgulloso. Cuando se lo dije a mi tía me aconsejó no contarte nada... Me sentí morir. Era virgen pero tenía auténtico miedo. Me preguntaba qué habría pasado si ese día no llego a sangrar. Habría sido una auténtica catástrofe. Hacer pasar la sangre impura por la sangre de la virginidad fue una idea genial, ¿no? Nunca he comprendido por qué para vosotros, los hombres, el orgullo está tan ligado a la sangre”.

“Pero, ¿te acuerdas una noche, al principio de estar juntos, que llegaste tarde a casa? Completamente borracho. Había fumado. Yo estaba dormida. Sin decir una palabra, me bajaste el pantalón. Yo me desperté. Pero hice como que dormía profundamente. Tú me... penetraste... gozaste como quisiste... pero cuando te levantaste para lavarte, ¡te diste cuenta que tenías sangre en la polla! Furioso, volviste y me estuviste golpeando hasta bien entrada la noche, porque no te había avisado que tenía la regla. ¡Te había ensuciado!, decías, ¡Te había convertido en impuro!, ríe."

La mano, en el aire, agarra los recuerdos, se cierra y baja para acariciarse el vientre.

Con un gesto brusco, desliza su mano bajo la túnica, entre los muslos. Cierra los ojos. Respira profundamente, dolorosamente. Se introduce los dedos entre las piernas con violencia, como si fuese a clavarse un cuchillo. Conteniendo la respiración, retira la mano con un grito ahogado. Abre los ojos, se mira las uñas: están mojadas. Mojadas de sangre. Pone la mano ante la mirada ausente del hombre.

"Mira, sigue siendo mi sangre. Limpia. Entre mi menstruación y la sangre limpia, ¿qué diferencia hay? ¿Qué tiene esa sangre de repugnante? ¡Tú has nacido de esa sangre!¡Está más limpia que tu limpísima sangre!" Y le restriega los dedos por la barba.


ATIQ RAHIMI, La piedra de la paciencia (Siruela).

Es un libro muy delicado, que te desgarra por dentro.

Hace poco entrevisté a la diputada afgana Azita Rafhat y me dejó sin habla escuchar que pese a tener dos carreras sus padres la casaron con un hombre analfabeto y más aún que necesitase su autorización para trabajar.

lunes, 20 de abril de 2009

Gran Torino & The visitor

Las protagonizan dos hombres viejos. Solos. Y mucho más solos aún cuando se estrella contra sus aletargadas vidas una familia de inmigrantes y las llena de palabras incomprensibles, risas, música, gritos, comida, palabras, escupitajos, lágrimas y un deseo feroz de dejar de ser zombies vivientes y volver a encontrar sentido a sus vidas ayudándoles. O intentándolo.


Hay millones de protagonistas anónimos, muriéndose de soledad en las grandes y modernas metrópoli.

domingo, 19 de abril de 2009

El futuro será aburrido

Se ha muerto J. G. Ballard.
Lagrimilla...

martes, 20 de noviembre de 2007

Mordisco en el corazón

Frente a tu hotel, quince minutos antes de preguntar si tienes un sofá en el que dormir,

se me clava
el frío en los huesos mientras me acompañas a esperar un taxi que no llega,
la botella de vodka en las costillas recordándome que hoy tenía una fiesta a la que, imbécil, no fui,
el vértigo en el estómago al ser consciente, de un sólo golpe, de que ya no nos entendemos,
el deseo en las entrañas persiguiéndome para robar un coche y derretirme en sus brazos al llegar finalmente a casa.

Frente a tu hotel, quince segundos después, contestas riéndote "tengo dos camas pero antes las dejaría subir a ellas que a ti" y,

siento como me agarras con fuerza el corazón, le pegas un mordisco voraz, lo escupes al suelo helado.

Echo a andar, lloro, sigo andando, llorando pero
ya no siento frío ni la botella ni vértigo,
tan sólo un sabor amarguísimo en la boca.

lunes, 29 de octubre de 2007

yonquis

Inspiro. Empujo la puerta con sigilo deseando no molestar. En el portal de mi ángel entran y salen yonquis. Tiemblan como flanes. O quizás sería más exacto decir como hojas de papel, tan delgados y frágiles. Se asustan. Me asusto. No hacen nada. Yo tampoco. Pero cuando subo las escaleras sin mirar atrás se me congela una lágrima.