Tras su auge en Londres y en distintos puntos de la geografía española, la moda trasnacional de los saqueos (o expropiaciones) a supermercados, centros comerciales y pequeños comercios ha vuelto estas Navidades a Argentina, como ya ocurrió once años atrás, durante las inolvidables y multitudinarias protestas del 19 y 20 de diciembre de 2001, que acabaron con 39 personas muertas y el entonces presidente, Fernando de la Rúa, huyendo lejos en helicóptero.
Entonces y ahora hay una mano organizadora detrás, pero los medios no dejan de repetir que, a diferencia de en 2001, los manifestantes no roban (sólo) comida sino (también) televisiones de plasma, equipos de música y demás objetos incomestibles, mientras que los políticos prometen mano dura y sentencias largas para los vándalos ladrones delincuentes criminales que no respetan la propiedad privada.
Allí, como en cualquier lugar, hay niños caprichosos que también quieren tener dos pelotas distintas con las que jugar en Navidad. Padres que también quieren regalar bicicletas nuevas a su prole. Familias que también ansían ver la tele como si estuvieran en el cine al que nunca pueden ir. Madres que quieren comprar lo que les apetece comer sin tener que mirar (aunque sea por una vez) cuánto llevan en el bolsillo.
¿Muertos de hambre o delincuentes? ¿Esa es la cuestión? ¿De verdad?
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