viernes, 22 de agosto de 2008

Entre serpientes de peluche



Ando perdida de un lado al otro hasta que el ángel de la guarda -hoy reencarnado en Isabel, mi becaria favorita de Público- aparece a lomos de un coche para rescatarme.

“Nos están esperando unos amigos para cenar”, pronuncia antes de salir disparada en un rally urbano durante el que ignoramos semáforos y señales de tráfico para llegar cuanto antes.

Con el primer bocado, entiendo las prisas: una cena tan deliciosa no se podía dejar enfriar. Sus amigos -y las serpientes de peluche con las que viven- me parecen maravillosos hasta que respondo incorrectamente a la pregunta “tú eres heterosexual, ¿no?”. Uno propone arrojarme por el balcón. Los demás secundan la idea con risas malignas. Tras lograr escapar, huyo a Jerez de la Frontera.

Empinando el codo en Jerez

Un silencio húmedo y oscuro invade la bodega. El olor del vino fermentando emborracha la piel. Caminamos despacio por el suelo de arena, observando cómo la escasa luz que atraviesa los ventanales ilumina las telarañas de las botas. Es un espacio sobrecogedor. Nos alejamos del grupo para estar solos, pero la guía nos llama la atención. Nos devuelve a la realidad.

Mi compañero de piso, David, y una duende preciosa llamada Elisa, han bajado hasta Jerez de la Frontera para regalarme un fin de semana enológico, con el claro fin de emborracharnos como cubas. Ahora estamos en el interior de las bodegas Gonzalez Byass, conocidas popularmente como Tío Pepe. Las más grandes, las más turísticas, las que más se asemejan a un parque temático del fino, el vino por excelencia de esta ciudad.

Hasta los ratones, presentes en cualquier bodegas, se han convertido aquí en objeto fotografiable: han aprendido a subir escaleras y beber vino oloroso de una pequeña copa. Hoy, el escándalo formado por las 30 personas de nuestro grupo, disuade a cualquier roedor de asomar la cabeza. Es más, si yo fuese ratón estaría muerto de miedo entre tantos pies.

No entendemos por qué tenemos que subir a un trenecito eléctrico cursi para recorrer menos de 500 metros. Tampoco porque tiene que atravesar el jardín, destrozándolo. Una voz aguda explica a través de los altavoces que el lago de la finca “fue un regalo del fundador a su mujer, Vittorina, que era una gran amante (de la botánica)” y sus siguientes palabras se confunden con nuestras risas.

Seguimos riéndonos en la degustación final, servida en un decorado de feria de abril. Nos acabamos nuestra botella pero tenemos mucha más sed. A medida que los vecinos van levantándose de sus sillas damos el cambiazo a sus botellas medio llenas. Las vaciamos una tras otra. Hasta que nos quedamos solos. Nos apagan las luces. Y salimos de allí para seguir bebiendo por la ciudad. Finos, amontillados, olorosos y lo que se nos ocurra.

Las bodegas hacen negocio con las visitas pero cierran los domingos. Es una más de las paradojas gaditanas. El dinero no parece una prioridad. Tampoco el tiempo para desplazarse: no hay tren directo entre Málaga y Cádiz y el único autobús en recorrer los 220 kilómetros entre la primera y Jerez de la Frontera tarda seis horas. Por esta broma macabra, me he perdido la visita a Pedro Domecq, “donde nos han dejado perdernos por la bodega, ha sido maravilloso”, explica entusiasmado David pasada la medianoche.

“Se nos ha quedado muy corto”, dice uno. “Tenemos que volver entre semana”, dice otro. “Evitar viajar en agosto”, dice el tercero. Soñamos la revancha de regreso al hotel. Abrazados y borrachos.

Atracción fatal

Málaga empieza terriblemente mal: con una medusa agarrada a mi muslo derecho. Ya es la segunda que este verano se lanza sobre mí y no puedo entender la atracción fatal que mis piernas mal cuidadas ejercen sobre ellas cuando tienen a su disposición auténticas preciosidades, con pulseras tintineando en los tobillos y uñas esmaltadas de rojo cereza.


Sigue peor: dos horas después del ataque de un pelágico gelatinoso me encuentro en la cola de un súper. Cinco tíos delante con 3 botellas de whisky, una de ron y cinco de coca-cola. Tres tíos detrás con 24 cervezas. Los dos grupos apestan ya a alcohol, gritan eufóricos y repasan de arriba a abajo a cuanta hembra entra en el establecimiento. Encajada en un sandwich entre unos y otros estoy yo, con un paquete de tampax en la mano.

Cuando logro salir veo que el centro de Málaga se ha convertido en un macrobotellón. Sólo son las seis de la tarde, pero el suelo está barnizado con una capa húmeda y pegajosa sobre la que las chanclas patinan peligrosamente. Salto un mini -o maceta, como le llaman aquí- de kalimotxo frente a mí. Esquivo un vómito a la izquierda, una meada a la derecha. Me pongo de puntillas para pisar lo menos posible un líquido no identificado. Estoy nerviosa, lo único que quiero -y sé que no puedo conseguir- es un baño limpio.

Gire por la calle que gire, todas desembocan en escenarios clonados. Quiero preguntar a alguien cuál es la única salida al laberinto pero me miran como un bicho raro: “pero quédate, guapaaa”. Perfecto.
Unos campeones de slalom me cuelgan una flor roja en el pelo "para que esta morenaza se venga con nosotros". Les acompaño en su zigzag callejero hasta que se despistan enseguida con una rubiaza.

Al fondo, aún lejos, distingo la salida del infierno botellónico. Es también la entrada a una galaxia paralela, poblada de flamencas pizpiretas y hombres encamisados que van o vuelven de las casetas de la Feria. Estén donde estén, a la que oyen sevillanas se arrancan a bailar.

jueves, 21 de agosto de 2008

Habitación con vistas a una grúa

¿Tienes bluetooth?


“Mi-ni-mo-no. Who is minimono?”. Escucho sin dar crédito. Me freno en seco. ¿Quién conoce mi álter ego digital? ¿Cómo lo conoce? ¿Por qué lo pronuncia en Almería? Miro alrededor y veo un grupo extraño, formado por dos japonesas y tres jóvenes con rastas rubísimas, aparentemente nórdicas.

Tienen que haber sido las japos, que son seres tecnológicamente superiores al resto de los mortales. Ellas también me han visto. Me miran y esta vez me preguntan directamente: “Are you minimono? Abro aún más los ojos, me acerco tímida y hago un gesto afirmativo con la cabeza.

Imagino que ahora me revelarán con qué nuevo gadget de realidad virtual están jugando y me dejarán probarlo. Pregunto emocionada. Pero la respuesta es mucho más simple: “Nos estábamos enviando fotos de un móvil al otro por bluetooth y de repente has aparecido tú en nuestras pantallitas”.

“Claro, ¿cómo no había caído?”. Minimono es también el nombre con el que bauticé mi teléfono, lo había olvidado. Tampoco me acordaba de que siempre llevo el bluetooth activado, una costumbre que tomé al vivir en el otro lado del mundo, donde me pasaba el día intercambiando de todo entre teléfonos amigos.

La risa de Yuko y Ami es contagiosa y pronto estamos las seis apoyadas contra la pared, con lágrimas en los ojos. Están en la fase etílica de exaltación de la amistad y yo me dejo querer. Les cuento las aventuras de trotamun2 y vuelven las risas. Cuando pueden hablar, me dicen que ellas nos ganan, que saben vivir con mucho menos de 30 euros al día. Ante mi mirada incrédula, empiezan a revelar trucos para conocer mundo sin (casi) un duro en el bolsillo.

Ideas para conocer mundo (casi) gratis


Las japonesas se inscribieron en la web de Workaway. A cambio de ayudar a pintar una casa y hacer de niñeras por las mañanas tuvieron comida, alojamiento y clases de flamenco gratuitas dos semanas. A las nórdicas les dieron techo y comida en las Alpujarras durante el mes en el que trabajaron como voluntarias rurales de WWOOF en una granja.

Se plantearon couchsurfear por Europa pero querían quedarse al menos 15 días en un sitio fijo. “Y yo”, suspiro, “no dejo de soñar con mis próximas Vacaciones Inmóviles”. Al decirlo, visualizo una hamaca, dos vasos helados de vino blanco, cuatro manos, seis botifarres, libros en el jardín, y a lo lejos, un bosque de coníferas que desciende hasta el Mediterráneo.

A cambio de mantener en secreto el paradero del lugar soñado, las invito a tapear en mi taberna favorita. Hay que celebrar que, por un día, soy más rica que mis acompañantes. La noche acaba tarde, muy tarde. Con poco dinero, muchas amigas, chocolate con churros para todas e intercambio de muñecos para los móviles que permitieron conocernos.

Contorsiones de circo

“Sube la cabeza. Pega el brazo izquierdo a tu cuerpo. Saca más el culo. ¿Puedes pasar el pie derecho por encima de la toalla? Vale, yo así creo que estoy bien. Y tú?”. El pirata y yo no estamos haciendo prácticas de contorsionismo para acceder a las pruebas de un circo, aunque lo parece. Llevamos más de una hora intentando encontrar una postura que nos permita dormir en la parte trasera de la furgoneta.

Para aumentar el nivel de dificultad, hemos aparcado en cuesta. Aunque la colchoneta sobre la que dormimos es aterciopelada y no resbala, mi cerebro decide que no es una postura natural para dormir y no da la orden de apagar el interruptor por más que se lo suplico. Cuento ovejitas, tampoco funciona. Intento leer, pero no hay luz suficiente. Vencida, salgo fuera.

Llega hasta allí el sonido ibicenco de la rave. Se ven a lo lejos centenares de cabezas moviéndose al unísono. Tienen un par de horas por delante. La full moon party de Benitatxell (Alicante) no acabará hasta el amanecer. Cuando amanezca hará calor. Si hace calor, no podré dormir. Vuelvo a entrar. Vuelvo a contar ovejitas. Vuelvo a dar vueltas. Y, de repente, milagrosamente, logro desconectar.

Un sueño cumplido: pisar Benidorm
Por la mañana iniciamos el descenso hacia Almería por carreteras costeras secundarias. La primera parada obligatoria es Benidorm, una ciudad en la que todas sus calles superpobladas huelen a crema solar.

Elegimos a un bar al azar y llegamos en un momento clave para la historia del deporte español: la final olímpica de tenis. “E-pa-ña, E-pa-ña”, “Ese Rafa, ese Rafa, oé”, animan los más de cien espectadores. La mayoría ha entrado sin camiseta y, con cada movimiento eufórico para celebrar un punto de Nadal, arroja a su alrededor parte de la arena que lleva pegada al cuerpo. Cuando el tenista español vence, salimos corriendo por miedo al hundimiento súbito del bar.

La Costa del Ladrillazo

Seguimos hacia abajo, admirando la masacre arquitectónica de la costa y los anuncios paradisíacos de promotoras. Al entrar en la comunidad de Murcia, se añaden mares de plástico. Sólo desaparecen muchos kilómetros después, en el parque natural del Cabo de Gata.

Cuando llegamos, está a punto de anochecer. Le invito a cenar frente a un mar sin rascacielos, para darle las gracias por haberme transportado, alimentado, cuidado y dormido durante estos días. Elegimos una cala preciosa para dormir. Desierta. Sólo se oye el rumor del mar. Ponemos la colchoneta en la arena. Nos tumbamos. Todo parece perfecto, pero no lo es: hace demasiado frío. Cuando no nos queda ya más ropa que echarnos por encima, miramos hacia la furgoneta. No queremos dormir allí. Nos miramos y uno de los dos murmura: “¿Es inevitable, no?”. Poco después, reiniciamos las contorsiones.

Menú de fiesta valenciana

El puente del 15 de agosto se podía recorrer la Comunitat Valenciana de fiesta en fiesta. Elegir, por ejemplo, una procesión de la virgen de la Asunción como entrante, comer una paella popular, de postre acercarse a un puerto para revivir el desembarco de los cristianos, cenar fideuà y arriesgarse a perder varios dedos entre los petardos de una mascletà antes de salir a bailar al ritmo de una orquesta.

Hay tantos pueblos adornados con el escudo de los cristianos y la media luna árabe que los diarios regionales han seleccionado sólo los mejores 50. Dispuesta a no parar, leo los programas con un rotulador rojo entre los dedos. Pero cinco minutos después ya tengo un motivo más para envidiar a mi compañero Javier: no sólo disfruta de temperaturas que permiten comer helados sin que se derritan y se baña en aguas sin medusas, sino que puede asistir a conciertos de grupos de renombre.

La elección por estas tierras está complicada: dudo entre el espectáculo musical Movimentsway Show Dance la Magia del Baile en el campo de fútbol de Turís, a uno de variedades con mascletà en Albalat dels Tarongers o a la macrodisco móvil de Sot de Chera, en la que prometen go-gos, streepers y fiesta de la espuma. Ante semejante oferta, el pirata y yo nos decantamos por cenar primero una fideuà en Ribarroja y després ja veurem.

El alcalde saluda a la afición

Llegamos en el momento justo: los cocineros anuncian que la comida ya está lista a los centenares de espectadores hambrientos que aguardan impacientes detrás de una valla. Entra en acción el alcalde, que estaba calentando en la banda, saluda a la afición, se arremanga y sirve el primer plato entre vítores.

Ya sólo le quedan por servir 999 raciones, o lo que viene a ser lo mismo, 99, 9 kilogramos de pasta. Son las cantidades que me ha soplado un cocinero cuando, con la intención de saltarme la cola, he dicho que era periodista y he enseñado la cámara de fotos y una libretita. He salido de allí con dos platos bien cargados y nos hemos dirigido a unas mesas de plástico con sillas de plástico, vasos de plástico y cubiertos de plástico que había allí cerca.

Ningún crítico gastronómico aprobaría la fideuà a menos que fuese amigo del alcalde o llevase, como en mi caso, dos semanas a base de bocatas y tapas.

Podríamos haber disfrutado de una maravillosa velada amenizada por la orquesta Golden allí mismo. Pero quisimos arriesgarnos a probar el plato más indigesto del menú: “Espectáculo musical con la actuación humorística Los Quillos, Almudena (de Gran Hermano), la vedette Rocío Madrid y Vicente Seguí (de Operación Triunfo)" en Torrent. Por suerte para nosotros, aunque dimos vueltas y vueltas por todo el pueblo, no logramos encontrarlo.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Chica reencuentra a chico



Los últimos dos días caben en una línea de guión architípico: chica reencuentra a chico después de X días sin verse. El escenario fue Cuenca. Anochecía. Añadiré, por si alguien sigue interesado, que elle le vio antes de que él la viese. Describiré al protagonista: moreno, con aros en las orejas, barba de tres días, lascivia de sátiro y pose canalla, parecía recién salido de una nave pirata de siglos atrás. Al verle, el cuerpo de ella tembló. Quizás jugó con ventaja sólo dos segundos, pero bastaron para que, al girarse, la encontrase con una sonrisa de victoria clavada en la boca.


Ella llevaba más de diez horas dando vueltas de autobús en autobús cuando finalmente aterrizó en esa ciudad manchega. Por eso, se imaginó pisoteando las cabezas de los pasajeros del autobús que tenía delante o rompiendo la ventana con el martillo de emergencia para ganar unos segundos en estrellarse contra sus brazos, tirarle al suelo y empezar a lamerle. Pero se contuvo. Bajó lentamente, saboreando su impaciencia, dejando que la viese acercarse hasta chocar sonoramente contra sus labios.


Les faltaron manos, lenguas y uñas en el camino eterno a una posada que resultó ser un antiguo convento. Era blanca. Austera. Quieta. Con ventanas enrejadas. Tapetes en los muebles. Cancelas en las puertas.


No les importó. Sólo girar la llave por dentro, un golpe seco rompió el silencio monacal.


Bajaron a desayunar a la mañana siguiente. Dormidos, pero desesperadamente hambrientos, casi mareados. Concentrada en devorar fruta, muesli, yogur, huevos y demás ingredientes inexistentes en sus últimos trece desayunos, la conversación de los vecinos le parecía tan sólo un rumor lejano, del que les llegaban las palabras pronunciadas con más énfasis. “... pegar ojo...”, le decía una mujer a otra. “Poca vergüenza “, respondía la interlocutora. “...madrugada, gemidos, azotes, gritos...”, remarcaba la narradora.


Disimuladamente, la protagonista se tapó las rodillas, algo azuladas. Le miró para comprobar que ninguna marca sobresalía de su camiseta blanca. Sonrieron cómplices. Se levantaron poco a poco, sin hacer ruido. Recogieron, pagaron y salieron a la calle.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Jamón de Trevélez

Todo Trevélez huele a jamón serrano. El olor se cuela dentro del autobús con las ventanillas cerradas. Los pasajeros teníamos la boca hecha agua antes de bajar. Y la salivación se acentuó muchísimo al descender y ver patas de cerdo curadas por todas partes: balanceándose con el viento en tiendas situadas a ambos lados de la carretera, expuestas en jamoneros en restaurantes, tapadas con un paño en casas particulares y dibujadas en carteles por todos lados.

En el mirador del Barrio Alto, con Trevélez a mis pies, pedí una caña con los dedos cruzados. SLlegó segundos después con la tapa deseada:

Perseidas

Antonio grita y su voz atronadora, duplicada por el eco, se extiende por el barranco de Poqueira. Su rebaño, de casi 500 cabezas, se detiene en el acto y cambia el rumbo hacia donde el
pastor quiere. Hace algunas décadas, en la vertiente sur de Sierra Nevada (Granada) había miles de cabras y ovejas. Ahora sólo se ven las suyas.

“Pertenezco a un mundo en peligro de extinción”, dice con una mueca tragicómica, mostrando sus manos callosas y curtidas por el sol. “Cuando era chico cultivábamos trigo y centeno aquí mismo y teníamos mucho más ganado. No bajábamos al pueblo durante meses. Ningún joven quiere esta vida hoy en día”, explica con calma, caminando juntos por el atajo que me ha enseñado para llegar al refugio Poqueira, a 2.500 metros de altitud.

Con el sombrero de paja señala, barranco abajo, un águila que vuela en círculos. Poco después, su mirada se dirige hacia unas rocas cercanas, sobre las que se ha encaramado un grupo de cabras montesas. Cuando tenemos que cruzar un arroyo, me indica qué piedras pisar.

Antonio conoce palmo a palmo estas montañas, en las que ha vivido toda su vida. “La sierra también ha cambiado”, sentencia, “antes había nieve todo el año en la cima, granizaba siempre alguna vez en verano, llovía mucho más. La tierra es cada vez más yerma”.


Cuando tomamos caminos distintos y desaparece detrás de una loma, me quedo sola en mitad del barranco. No me muevo. A lo lejos se ve el Mediterráneo. Se intuye África. Hay un silencio absoluto, sólo roto por esporádicas ráfagas de viento. Es viento seco, de poniente y silba con fuerza al chocar contra las rocas. Me hace tiritar bajo el grueso jersey de lana, aunque sólo son las cuatro de la tarde y ninguna nube oculta el sol.

Soy la primera en llegar ese día al refugio, así que me identifico y dejo mis cosas encima de una minicolchoneta pegada a otra minicolchoneta en la que no sé quién dormirá (pero sí quién me gustaría que durmiese). Y vuelvo a salir.

El mapa señala que el río Mulhacén queda cerca, tomando el sendero del oeste, y veinte minutos después se escucha ya el rumor del agua. Hay pisadas previas que siguen su curso, río abajo, hasta pozas profundas. Me desnudo y, uno, dos, tres, splashhh. Sin tiempo para contar a la inversa, salgo corriendo, temblando y congelada.

Los montañeros aparecen en el refugio a las cinco y desaparecen a las diez. Después, vuelvo a estar sola en mitad del barranco. No se oye nada, excepto el viento. Miro al cielo. Cae la primera estrella fugaz y pido un deseo. Cae una segunda y repito el mismo. Y vuelvo a hacerlo por tercera vez, antes de cerrar los ojos y evocar el ruido que hacen sus pendientes cuando los muerdo.