miércoles, 20 de agosto de 2008

Chica reencuentra a chico



Los últimos dos días caben en una línea de guión architípico: chica reencuentra a chico después de X días sin verse. El escenario fue Cuenca. Anochecía. Añadiré, por si alguien sigue interesado, que elle le vio antes de que él la viese. Describiré al protagonista: moreno, con aros en las orejas, barba de tres días, lascivia de sátiro y pose canalla, parecía recién salido de una nave pirata de siglos atrás. Al verle, el cuerpo de ella tembló. Quizás jugó con ventaja sólo dos segundos, pero bastaron para que, al girarse, la encontrase con una sonrisa de victoria clavada en la boca.


Ella llevaba más de diez horas dando vueltas de autobús en autobús cuando finalmente aterrizó en esa ciudad manchega. Por eso, se imaginó pisoteando las cabezas de los pasajeros del autobús que tenía delante o rompiendo la ventana con el martillo de emergencia para ganar unos segundos en estrellarse contra sus brazos, tirarle al suelo y empezar a lamerle. Pero se contuvo. Bajó lentamente, saboreando su impaciencia, dejando que la viese acercarse hasta chocar sonoramente contra sus labios.


Les faltaron manos, lenguas y uñas en el camino eterno a una posada que resultó ser un antiguo convento. Era blanca. Austera. Quieta. Con ventanas enrejadas. Tapetes en los muebles. Cancelas en las puertas.


No les importó. Sólo girar la llave por dentro, un golpe seco rompió el silencio monacal.


Bajaron a desayunar a la mañana siguiente. Dormidos, pero desesperadamente hambrientos, casi mareados. Concentrada en devorar fruta, muesli, yogur, huevos y demás ingredientes inexistentes en sus últimos trece desayunos, la conversación de los vecinos le parecía tan sólo un rumor lejano, del que les llegaban las palabras pronunciadas con más énfasis. “... pegar ojo...”, le decía una mujer a otra. “Poca vergüenza “, respondía la interlocutora. “...madrugada, gemidos, azotes, gritos...”, remarcaba la narradora.


Disimuladamente, la protagonista se tapó las rodillas, algo azuladas. Le miró para comprobar que ninguna marca sobresalía de su camiseta blanca. Sonrieron cómplices. Se levantaron poco a poco, sin hacer ruido. Recogieron, pagaron y salieron a la calle.

1 comentarios:

Tina Paterson dijo...

jajaja

lo famosos azotes!
jajaja

Y en la muy católica Cuenca!

jajajaj
D.